Desde Reagan y Thacher, las
políticas neoliberales han conseguido que mercados e instituciones financieras
tengan un peso en la economía y en la política como nunca antes habían tenido.
Bolsas y mercados, recuperados de la crisis del 2007-2008, gracias a la
generosidad de los contribuyentes, han
recuperado los valores de negocio de antes de la crisis, incluso los han
superado. Las transacciones financieras han crecido más que la actividad
comercial y productiva de los países en todo el mundo.
Y es esta política criminal en lo
económico lo que ha provocado desigualdades brutales en la distribución de la
renta, con todas sus consecuencias: crisis, recesión, desempleo.
La burbuja inmobiliaria en España se
ha debido a las fuertes entradas de capitales que la han financiado. Y países
como Alemania, con economías centradas
en la exportación y la contención del consumo interno, son las que han puesto
el dinero para alimentar la burbuja que finalmente estalló con todo su
dramatismo ante la cara de gobernantes que la estuvieron negando durante años.
Desde 1996 el modelo económico
español, ideal de economía neoliberal, fue aclamado por muchos economistas como
todo un éxito de modelo de crecimiento, con tasas superiores a la media
europea, con un ritmo de creación de empleo significativo, con una inflación
controlada y con superávits fiscales. Un paraíso, desde luego.
Pero este modelo genial escondía la
batuta de quien realmente controlaba este cotarro: es decir, el capital
financiero, que con una superabundancia de capitales en la esfera financiera
mundial, sumada a la liberalización de bolsas y mercados y reducidos tipos de
interés, promovieron lo que más les
interesaba: el acceso masivo al crédito para empresas y hogares que llevó a
todo el país al sobreendeudamiento que hoy soportamos, y que acabaremos pagando
muy caro. Más caro de lo que nos pensamos.
¿Tenemos la culpa los ciudadanos,
auténticos analfabetos en cuestiones financieras y víctimas propicias de un
sistema económico depredador?
Pero la financiarización de nuestra
economía no queda ahí. En el escenario fatal hace su entrada el mismísimo
Satanás, es decir, el euro, instrumento fundamental para profundizar en los
rasgos de una economía neoliberal que necesita de las desigualdades sociales
para beneficiar a los más privilegiados. Así, los reducidos tipos de interés en
la países periféricos, la desregulación del sistema financiero y la ausencia de
riesgo cambiario acabaron en la intensísima entrada de capitales en España, que
impulsaron la burbuja inmobiliaria con un vigor que fue destacado por muchos
economistas tanto nacionales como extranjeros, pero a los que no se les hizo ni
caso. La fiesta adolecía de grandes dosis de borrachera y adiciones.
El euro, que fue diseñado para
beneficiar en todo a la economía alemana, ha ampliado las diferencias entre
economías comunitarias, a favor de los países nórdicos y dejando a la Europa
periférica tiritando de frío y de miedo. El modélico crecimiento económico
español era una cortina de humo que escondía una política perversa orquestada
por el sector financiero para conseguir unas tasas de riqueza y poder
criminales por definición. Nunca tan
pocos le robaron tanto a tantos.
Algunos datos de espanto: el
endeudamiento de los hogares españoles ha pasado del 61 % de la renta
disponible bruta en 1997, al 139 % en 2007. Y no sólo los hogares se han
sobreendeudado, también lo han hecho las empresas. De hecho, buena parte de la
deuda total de la economía se acumula en empresas constructoras e
inmobiliarias. Y los bancos se han endeudado más que nadie, pero con el
agravante de que una banca en la sombra, radicada en paraísos fiscales, oculta
el verdadero alcance de sus deudas. Sin necesidad de conocer sus cifras, la
realidad es que en la actualidad, la deuda total de este país alcanza, en 2012,
el 400 % del PIB, cifra muy superior a la de Grecia, por ejemplo. De toda esta
deuda, la mayor parte se concentra en el sector privado: a finales del año
2008, el 37,3% estaba vinculada a sociedades no financieras, un 26,9% a las
instituciones financieras, un 23% a los hogares y un 12,8% a las administraciones
públicas. En 2012 la deuda de los sectores no financieros superaba el 300% del
PIB.
España, por mucho que quieran sus
gobernantes, y por mucho que éstos recorten y recorten sin fin, no se va a
poder pagar. El nuestro es un país en quiebra. Los escenarios de Grecia los
iremos viviendo en nuestra sociedad en los próximos dos años, siendo el próximo,
el 2013, el que augura el futuro más negro de todos. Lo que hemos vivido los
ciudadanos hasta hoy nos va a parecer un juego de niños al lado de lo que nos
espera. La verdadera crisis acaba de hacer su entrada en escena.
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